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Eladia.

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Cuando Eladia tenía once años, su padre le advirtió que no fuera a la escuela por el camino de las cigarras, que había un muerto en la cuneta. Al día siguiente ya ni siquiera abrió la escuela, y a ella la metieron de rolla en casa de don Armando, el boticario, pese a la guerra.  En aquel pueblo de Tierra de Campos no vieron al ejército, pero sí hubo sacas, presos y huídos. En la cuadra de su familia, emparedado en un pequeño hueco de tablones tapado con estiércol, su padre mantuvo escondido a un pobre hombre que llegó a la granja exhausto y malherido. Lo curaron como pudieron, con los conocimientos simples de la gente del campo, repartieron con él su escasa comida y, cuando pasados unos meses recuperó las fuerzas, reemprendió la fuga una noche sin luna, sin despedirse ni comprometerles. La paz llegó como pasó la guerra, sin ruido apenas, y las misas, las mantillas, los desfiles y las cartillas de racionamiento se abrieron paso sin dramas en un pueblo acostu